22 de junio de 2014

Guillermo Asprilla: murió la lealtad

Tomado de La Silla Vacia

Guillermo Asprilla compartía con su amigo de toda la vida Gustavo Petro el mismo modelo del mundo según el cual los más vulnerables tienen el derecho y el deber de exigir los mismos privilegios de los más favorecidos, y la idea de lo revolucionario en el sentido clásico. “Ambos somos muy radicales”, dijo un día Asprilla.


Y era cierto. Mientras que otros miembros de su círculo cercano le pedían al alcalde de Bogotá mesura en algunas de sus medidas o se quejaban en privado de su terquedad, un irreductible Asprilla respaldaba sin mayores reparos todas las decisiones del mandatario. Incluso en algunos casos fue él mismo quien las promovió. 

Por ejemplo la polémica idea de terminar unilateralmente los contratos de los operadores de Transmilenio por considerarlos onerosos la promovió en el oído del Alcalde Asprilla, quien llegó hasta a hacerle la petición al entonces gerente de Transmilenio Carlos García.
García se negó, pero quienes se enteraron del incidente, y no lo tenían claro, entendieron ahí la importancia que tenía Asprilla en la Administración. Sobre todo porque en ese momento el hombre no tenía nada que ver con Transmilenio, sino que estaba a cargo de la Unidad Especial de Servicios Públicos.

Guillermo Asprilla falleció ayer sábado de una enfermedad degenerativa motora y con él se fue una de las mayores formas de lealtad a Petro.
El inventario de fidelidades de este abogado de la misma edad del mandatario (54 años) se remonta al momento mismo en que nació la amistad de los dos sobre las cenizas de la guerrilla del M-19, en donde ambos militaron.

Juntos, con buena correspondencia entre sí, una total coincidencia ideológica y hasta personalidades parecidas, libraron batallas políticas en el partido que nació de ese grupo: la AD M-19 y luego en el Polo Democrático de donde salieron casi al tiempo y por los mismos motivos.
Antes habían coincidido también en la Asamblea Nacional Constituyente en la que Asprilla participó como miembro de la comisión legislativa especial que se conoce como “el congresito”. Asprilla -viudo, con dos hijos, uno de ellos representante electo- era abogado y manejaba como pocos los temas de medio ambiente, presupuesto y contratación.

Cuando Petro decidió lanzarse a la Alcaldía, abandonó una maestría que estaba haciendo en Europa para venir a respaldar la empresa de su amigo. Otra evidencia más de su lealtad. Y su compromiso fue tal que cuando el mandatario fue destituido, y la enfermedad de Asprilla estaba en una de sus etapas más avanzadas, rechazó irse permanentemente del país a tratarse.

Así se lo contó a La Silla un político cercano a Asprilla: “Una vez le dije ‘Guillermo, ¿por qué no te vas a Cuba a que intenten curarte?’ y me respondió que prefería morir acá dando la pelea por la Administración de los progresistas. Aunque se que sí viajó a Cuba varias veces a tratamiento”.
Guillermo Asprilla fue clave en el actual Gobierno de Bogotá desde el primer momento. Fue determinante en el empalme entre las administraciones de Petro y de Samuel Moreno (en ese momento en cabeza de Clara López), llegó a tener incidencia en casi todos los asuntos importantes del Distrito, estuvo de alcalde encargado, fue el secretario de Gobierno que pudo sacar adelante la aprobación en el Concejo del Plan de Desarrollo de la Bogotá Humana y, como si fuera poco, pintó los trazos del nuevo modelo de aseo.

Ese último asunto fue, de hecho, una de sus obsesiones. Asprilla es el principal abanderado del programa Basura Cero que aspira a que la ciudad produzca la menor cantidad posible de residuos y decía que sólo se podía poner en práctica si cambiaba el esquema de basuras.
Hay quienes creen que incluso estaba llamado a suceder a Petro, pero muy temprano, sin que finalizara aún el primer año de gobierno, la Procuraduría le decretó la muerte política al destituirlo e inhabilitarlo para ejercer cargos públicos por 12 años.

¿La razón? Hace 15 años Asprilla aceptó un poder para entablar una acción de grupo a nombre de más de 100 vecinos del relleno sanitario Doña Juana que habían sido víctimas de una explosión en el lugar, y en 2011 se posesionó como concejal cuando aún aparecía como apoderado de esa demanda en contra del Distrito.

Asprilla siempre aseguró que había cedido ese poder e incluso, como lo contó El Espectador, cuando se enteró de que su nombre seguía figurando ante el Consejo de Estado como el abogado de la demanda, se agarró la cabeza y repitió varias veces “¡No, no puede ser!”.
De cualquier manera, por un error que no pone en duda para nada su preparación y honestidad (cualidades que le reconocen hasta sus críticos), terminó abruptamente la tarea para la que Guillermo Asprilla se preparó durante toda su vida: gobernar.

Nunca se quitó, sin embargo, su vestido de escudero fiel al petrismo y al progresismo y ya por fuera de la Administración se dedicó a promover por toda Bogotá una “primavera petrista” en defensa del Gobierno de la Bogotá Humana.

“Yo creo que solamente una ciudadanía multitudinariamente movilizada es capaz de preservar la democracia en Bogotá y en el país contra estos peligros nuevos que afronta”, dijo en la última entrevista que le dio a La Silla.

Cargó sus banderas hasta que la enfermedad se lo permitió y uno de sus últimos trinos le sirvió para demostrar que continuaba siguiendo el camino trazado por Petro: “Es preferible una paz incierta a una guerra segura”.

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