14 de julio de 2014

Las contradicciones del capital. Entrevista

David Harvey es profesor de Antropología y Geografía en el Graduate Center de la City University of New York (CUNY). Lleva más de 40 años dando clase sobre El Capital de Marx y es autor de un “Companion” en dos volúmenes de la magna obra de Marx. Esa “lectura minuciosa” del El Capital se basa en una serie de 13 conferencias, cuyos videos ha hecho Harvey accesibles en la Red.


Su último libro es Seventeen Contradictions and the End of Capitalism. Comienza partiendo de la intuición de Marx—que la crisis periódica es endémica en las economías capitalistas—y continúa tratando de ofrecer un análisis de la actual coyuntura histórica. Hablamos con Harvey en Londres la semana pasada. [La entrevista la realizó Jonathan Derbyshire para la revista inglesa Prospect].

Al inicio de su libro observa usted, como han hecho muchos, que hay algo inusual en la crisis más reciente del capitalismo, la crisis financiera global de 2008. “Debería haber ya en este momento”, escribe usted, “diagnósticos que rivalizaran respecto a lo que anda mal y una proliferación de propuestas para enderezar las cosas. Lo que resulta asombroso es la escasez de pensamiento o políticas nuevas” ¿Por qué piensa usted que es así esto?

Una hipótesis es que la enorme concentración de poder de clase es ahora mismo tal como para suscitar la cuestión de por qué iba a querer [la clase capitalista] considerar cualquier forma de pensamiento nuevo. La situación, aun siendo perturbadora para la economía, no lo es para su capacidad [de la clase capitalista] de reunir más riqueza y poder. De manera que existe un interés particular en dejar las cosas como están. Por supuesto, lo que resulta curioso es que había a buen seguro intereses creados para dejar las cosas como estaban en los años 30, pero los rebasaron Roosevelt, el pensamiento keynesiano y cosas semejantes.

El problema de la demanda agregada, que estaba en el centro del pensamiento marxista en los años 30, constituye un problema de comprensión en términos marxistas. La gente contestó a esa pregunta y se encontró después en el problema de la producción, al que se respondió por medio del monetarismo y la economía de oferta.

Y ahora mismo el mundo está dividido entre los partidarios de la economía de oferta que quieren llevar más lejos la austeridad y otros —China, Turquía y la mayoría de las economías en vías de desarrollo—que están siguiendo la línea keynesiana. Pero parece como si hubiera sólo dos respuestas: no hay “tercera vía”. Por lo tanto, en el ámbito del capitalismo, las posibilidades son limitadas. La única forma de poder encontrar otras respuestas consistiría en salir del capitalismo ¡y, por supuesto, nadie quiere ni oír hablar de eso!

Dicho esto, concede usted en el libro que hay elementos en la clase capitalista, en la clase intelectual, que reconocen la amenaza planteada por lo que llama usted “contradicciones” del capitalismo. Un ejemplo notable lo constituye la discusión del problema de la desigualdad.

Al movimiento de Occupy le reconozco el mérito de haber iniciado este nuevo diálogo. El hecho de que tengamos hoy en Nueva York un alcalde que es completamente distinto de su predecesor y que ha dicho que va a hacer todo lo que pueda en lo tocante a la desigualdad es algo que surgió del movimiento de Occupy.

Es interesante que todo el mundo sepa de qué se está hablando cuando se menciona el “1%”. La cuestión del 1% figura hoy en el orden del día y le dan entidad estudios como el de Thomas Piketty en su libro Capital in the Twenty-First Century. Joseph Stiglitz tiene también un libro sobre la desigualdad y varios economistas más están hablando de ello. Hasta el FMI va diciendo ahora que hay peligros que aparecen cuando la desigualdad alcanza cierto nivel.

¡Lo está diciendo hasta Obama!

Sólo que Obama no lo habría dicho si Occupy no lo hubiese dicho primero. Pero, ¿quién está haciendo algo al respecto y de qué modo está cambiando en realidad? Cuando le echas un vistazo a las políticas reales, ves que están ahondando las desigualdades. Hay un reconocimiento retórico [del problema], pero no político, en términos de políticas activas y redistribución activa.

Menciona usted Occupy. En el libro se muestra usted bastante crítico respecto a lo que describe como “restos de la izquierda radical”, que usted considera predominantemente libertarios y antiestatistas.

Tengo una norma general, burda pero efectiva, que es que todo modo dominante de producción crea la forma de su propia oposición. Del mismo modo que las grandes fábricas y las grandes empresas —General Motors, Ford y demás—crearon una oposición que tenía su base en el movimiento sindical y los partidos políticos socialdemócratas, asimismo la disolución de todo eso, y la situación en la que estamos ahora, han creado esta clase de oposición dispersa que sólo puede usar ciertos lenguajes para expresar sus demandas.

La izquierda no ha comprendido que buena parte de lo que está diciendo se condice con la ética neoliberal, en lugar de mostrarse en profunda oposición. Parte del antiestatismo que se encuentra en la izquierda se da la mano con el antiestatismo del capital empresarial. Me preocupa mucho que no haya mucho pensamiento en la izquierda que diga: “Demos un paso atrás y echémosle un vistazo a la imagen de conjunto”. Espero que mi libro pueda contribuir a que se dé ese diálogo.

El libro termina en un sitio interesante, con algo así como un programa, 17 “ideas para la praxis política”. Pero lo que queda por formular, aunque posiblemente se implica en lo que acaba de decir, es la cuestión de cuál podría ser el vehículo apropiado para realizar dicho programa. Y no resulta evidente dónde lo encontraríamos. 

Una de las cosas que deberíamos aceptar es que está surgiendo una nueva forma de hacer política. Por el momento, resulta en buena medida espontánea, efímera, voluntarista, con una cierta renuencia a institucionalizarse. Cómo podría llegar a institucionalizarse constituye, creo yo, una cuestión abierta para la que no tengo respuesta, aunque esté claro que ha de hacerlo.

Pero aparecen nuevos partidos políticos, como Syriza en Grecia, por ejemplo. Lo que me preocupa es que lo que describo en el libro como un estado de alienación masiva está siendo capitalizado en buena medida por la derecha. De modo que hay cierta urgencia en que la izquierda encare la cuestión de cómo nos institucionalizamos como fuerza política, tanto para resistir el giro a la derecha como para captar buena parte del descontento que existe ahí fuera y moverlo en una dirección progresista, en lugar de en una dirección neofascista.

Describe usted el libro como un intento de desenmarañar las contradicciones no del “capitalismo” sino del “capital”. ¿Podría explicar esta distinción?

Esto proviene de mi lectura de Marx. A menudo se piensa que Marx creó esta comprensión totalizadora del capitalismo, pero lo cierto es que no hizo nada de esto. Se atuvo muy mucho a la economía política y restringió sus argumentos a la forma en que funciona el motor económico de una economía capitalista. Si aíslas el motor económico, puedes ver cuáles podrían ser los problemas con esa economía.

Lo que no significa decir que no haya toda suerte de problemas aparte en una sociedad capitalista: está claro que también hay cuestiones de racismo, de discriminación de género, problemas geopolíticos. Pero [me preocupaba una pregunta más reducida]: ¿cómo funciona este motor de acumulación? Ha quedado bastante claro desde el estallido de 2007/8 que hay algo que va mal en el motor.

Por lo tanto, diseccionar qué es lo que va mal en ello supone dar un paso hacia una política más amplia. Ese motor económico resulta ser algo bastante complicado. Y Marx proporcionó una forma de comprender ese motor económico mediante ideas como la contradicción y la formación de crisis.

Otra cuestión de definición: ¿qué es el capital?

Es un proceso por el que el dinero se destina a conseguir más dinero. Pero hay que tener cuidado con hablar sólo de dinero, porque en Marx existe una relación complicada, como apunto en el libro, entre valor y dinero.

Se trata de búsqueda de valor para crear y apropiarse de más valor: ese es el proceso. Ese proceso, no obstante, adopta diferentes formas: la forma de dinero, de bienes y mercancías, procesos de producción, tierras. Así que presenta manifestaciones físicas, en forma de cosas, pero fundacionalmente, no se trata de una cosa, se trata de un proceso.

Volvamos a la noción de “contradicción”, que constituye la categoría analítica central del libro. Hace usted una distinción entre las conmociones externas que podría sobrellevar una economía capitalista (guerras, por ejemplo) y las contradicciones en el sentido suyo. Así que, por definición, ¿son internas las contradicciones al sistema capitalista?

Si. Si quieres rediseñar el modo de producción, entonces tienes que responder a las cuestiones que plantean las contradicciones internas.

Identifica usted tres clases de contradicciones, que llama usted la “fundacional”, la “móvil” y la “peligrosa”. Empecemos por la primera categoría: ¿qué hace fundacional las contradicciones fundamentales?

Independientemente de donde encuentres capitalismo y modo capitalista de producción, encontrarás que operan están contradicciones. De modo que en cualquier economía —sea que estemos hablando de la China contemporánea, de Chile o los EE.UU. — la cuestión del valor de uso y del valor de cambio, por ejemplo, siempre va a estar ahí.

Hay ciertas contradicciones que son rasgos permanentes de cómo está establecido el motor económico. Y luego hay algunas que van cambiando constantemente con el tiempo. De modo que quería distinguir las que son relativamente permanentes y las que son mucho más dinámicas.

¿Hay algunas contradicciones fundacionales más fundacionales que otras? Una de las cosas sorprendentes del libro es que en su marco analítico todo parece derivarse, en última instancia, de la distinción entre valor de cambio y valor de uso.

Bueno, ese es el punto de partida del análisis. Me sorprendía que Marx hubiera pasado mucho tiempo tratando de imaginarse por dónde empezar su análisis y decidiera empezar por ahí porque era el punto de partida más universal.

Pero lo que me impresionó —y llevo trabajando mucho tiempo en Marx —es qué estrechamente entrelazadas están sus contradicciones. Te das cuenta de que esta distinción entre valor de uso y valor de cambio presupone algo acerca de la propiedad privada y el Estado, por ejemplo.

Otra de sus contradicciones fundamentales es la que se da entre “propiedad privada y Estado capitalista”. Es decir, la tensión o contradicción entre los derechos de propiedad individual y el poder coactivo del Estado.

Ahora bien, uno puede imaginarse a alguien como Robert Nozick, alguien criado en la tradición liberal, lockeana, afirmando que esto no es una contradicción. Por el contrario, el papel del “Estado” mínimo consiste sólo en defender la propiedad privada.

Una de las cosas que digo acerca de las contradicciones es que están siempre latentes. De modo que la existencia de una contradicción no da lugar necesariamente a crisis. Sólo sucede en ciertas circunstancias. Así pues, es posible construir en la teoría la idea de que todo lo que hace un Estado “vigilante nocturno” es proteger la propiedad privada.

Pero sabemos que un Estado vigilante nocturno tiene que hacer en realidad bastante más que eso. Hay externalidades en el mercado que hace falta controlar, hay bienes públicos que es necesario proporcionar, así que muy pronto tiene el Estado que implicarse en todo tipo de cosas aparte de dejar simplemente sentado el marco legal del contrato y los derechos de propiedad privada.

Niega usted que exista alguna conexión necesaria entre capitalismo y democracia. ¿Podría usted explicar por qué?

La cuestión de la democracia depende muy mucho de las definiciones. Tenemos supuestamente democracia en los Estados Unidos, pero está claro que es una especie de payasada…es una democracia del poder del dinero, no del poder de la gente. En mi opinión, desde los años 70, el Tribunal Supremo ha legalizado la corrupción del proceso político a manos del poder del dinero.

Hay un aspecto del poder del Estado que ha pasado al centro del escenario durante la reciente crisis y sus repercusiones, sobre todo durante la crisis de la deuda de la eurozona, y es el poder de los bancos centrales. ¿Cree que la función de los bancos centrales ha cambiado de algún modo significativo durante la era del “rescate”.

Está claro que sí. La historia de los bancos centrales es en si misma terriblemente interesante. No estoy seguro de que lo que hizo la Reserva Federal durante la crisis tuviera base legal alguna. Por otro lado, el Banco Central Europeo, es un caso clásico de aquello de lo que Marx hablaba cuando se refería a la Ley de Banca de 1844 que, en su opinión, tuvo el efecto de extender y profundizar la crisis de 1847-8 en Gran Bretaña.

Pero en ambos casos, el de la Fed y el del BCE, lo que hemos visto es una especie de ajuste a la buena de Dios de instituciones de primer orden y la aparición de políticas que sólo podían justificarse a posteriori. Así que, decididamente, ha habido movimiento en el frente de los bancos centrales.

Hay un concepto al que vuelve usted una y otra vez, que es la mercantilización.

El capital tiene que ver con la producción de mercancías. Si hay un terreno que no está mercantilizado, el capital no puede circular a través del mismo. Una de las formas más fáciles de que el capital encuentre una forma de atravesarlo consiste en que el Estado establezca un sistema de privatización, aun al extremo de privatizar algo que es ficticio.

Tomemos el comercio de emisiones: el comercio de emisiones es un excelente ejemplo del establecimiento de mercancías ficticias que tienen efectos muy reales en términos del volumen del dióxido de carbono en la atmósfera y demás. Crear mercados donde antes no había ninguno es una de las formas en que se ha extendido históricamente el capital.

En este campo está usted enormemente influido por la obra de Karl Polanyi, ¿no es así? Concretamente, por su obra señera, La gran transformación.

Polanyi no era marxista, pero entendía, al igual que Marx, la idea de que la tierra, el trabajo y el capital no son mercancías, pero asumen dicha forma.

Uno de los aspectos más impresionantes, incluso conmovedores, del libro es su descripción de los costos humanos de la mercantilización, concretamente, la mercantilización de esos terrenos de la experiencia humana que no eran anteriormente parte del nexo monetario. Esto guarda relación con lo que llama usted “alienación universal”. ¿Qué quiere decir con eso?

Hemos vivido en un mundo en el que el capital ha luchado constantemente para que viniera a menos el trabajo, su poder, incrementando la productividad, eliminando el aspecto mental de los puestos de trabajo. Cuando vives en una sociedad de ese tipo, surge la cuestión de cómo puede haber quien lleve una vida que tenga algún sentido, considerando lo que hace en su puesto de trabajo.

Por ejemplo, el 70 % de la población norteamericana odia ir a trabajar o bien es totalmente indiferente al trabajo que hace. En esa clase de mundo, la gente tiene que buscar alguna forma identidad para si misma que no se base en la experiencia del trabajo. Si ese es el caso, entonces la pregunta que surge nos remite a qué clase de identidad pueden asumir. El consumo es una de las respuestas. Pero entonces tenemos una forma de consumismo sin sentido que trata de compensar la falta de significado en un mundo en el que hay muy pocos empleos que tengan sentido. A mí me irrita mucho oír decir a los politicos que tenemos que crear más empleo. Pero ¿qué clase de empleos?

La alienación surge, me parece, del sentimiento de que tenemos la capacidad y el poder de ser alguien muy diferente de lo que definen nuestras posibilidades. Luego surge la cuestión de hasta qué punto es sensible el poder político a la creación de otras posibilidades. La gente mira a los partidos políticos y se dice: “No hay nada”. De modo que hay una alienación del proceso político, que se expresa en la decreciente participación electoral, y hay una alienación de la cultura de la mercancía, que crea el anhelo de una forma distinta de libertad. Las periódicas erupciones que estamos viendo en todo el mundo—el Parque Gezi en Estambul, las protestas de Brasil, los disturbios londinenses de 2011—plantean la cuestión de si la alienación se puede convertir en una fuerza política positiva.

Y la respuesta es que sí, hay una posibilidad, pero no se encuentra en los partidos políticos o en los movimientos. Se han visto elementos de ello en la forma en que el movimiento de Occupy o los “indignados” en España trataron de impulsar la movilización, pero es algo efímero; no se ha fusionado en algo substancial. Dicho esto, hay mucho fermento en campos culturales disidentes, hay algo en movimiento que es fuente de cierta esperanza.

Cuando debate usted las “peligrosas” contradicciones, ofrece lo que me parece a mí una versión del materialismo histórico de Marx. Es decir, ¿piensa usted, como hacía Marx, que el presente está preñado del futuro, aunque no lo interprete de modo inevitabilista, y de hecho no piensa usted que el mismo Marx lo interpretaba así, no? 

No. Hay gente que cree que Marx afirmó que el capital se hundirá bajo el peso de sus contradicciones y que tenía una teoría mecánica de la crisis capitalista. ¡Pero no encuentro yo ningún lugar en que diga eso! Lo que decía es que las contradicciones están en el corazón de las crisis y las crisis son momentos de oportunidad. Dijo también que los seres humanos pueden crear su historia, pero que no lo hacen en las condiciones que ellos eligen.

De manera que en mi opinión hay un Marx que, si no es libertario, está diciendo que los seres humanos son capaces de decidir colectivamente, llevar las cosas en una dirección, en lugar de en otra. Marx era crítico del socialismo utópico porque pensaba que no se enfrentaba al dónde estás. Marx dijo que tenías que analizar dónde estás, ver lo que tienes a tu disposición y tratar luego de construir algo radicalmente diferente.

David Harvey es profesor de Antropología y Geografía en el Graduate Center de la City University of New York (CUNY), director del Center for Place, Culture and Politics, y autor de numerosos libros, el más reciente de los cuales es Seventeen Contradictions and the End of Capitalism (Profile Press, Londres, y Oxford University Press, Nueva York, 2014). Lleva enseñando El Capital de Karl Marx durante más de 40 años.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

Tomado de sinpermiso.info

2 comentarios:

  1. Excelente artículo para discutir colectivamente

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  2. De acuerdo, yo opino que el marxismo es científico y por tanto cambia en la medida que cambie su objeto de estudio y transformación, la sociedad, la economía, la política.
    No se trata de revisar a Marx, sino más bien de superar las limitaciones mentales y prácticas de una etapa concreta, y liberar al marxismo para que pueda ser asumido como un método científico para investigar, conocer, conocer de verdad verdad las distintas problemáticas sociales, nuestra historia y nuestra propia vía de transformación social.

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