2 de agosto de 2014

Los Sánchez llevan el paso de la tradición

“Usted llegó al sitio indicado. Mi papá fue uno de los fundadores del Desfile de Silleteros. En esta casa, todos vivimos en función de las flores y las silletas. Hasta los niños siguen la tradición”. Cuenta Rodrigo Sánchez, un paisa de piel curtida por la intemperie de la vereda San Ignacio, en Santa Elena, dueño de un bigote de pelos negros y blancos, vestido con camisa blanca, pantalón oscuro, carriel y sombrero, como si ya estuviera listo para desfilar.


Tiene a su cargo la decoración de un centro comercial de Medellín. Debe fabricar con flores un Ford Mustang, silletas de mensajes comerciales y docenas de arreglos para los ascensores y zonas comunes. Por eso, su casa es una de las pocas del vasto corregimiento en las cuales, varias semanas antes del Desfile de Silleteros, se ven flores por todas partes: en el prado aledaño, en los corredores, en la sala, en la cocina, en las enramadas... Bultos de vira vira, baldes colmados de siemprevivas, botones de oro...

En la suya -aunque esto sí es común-, se ven listos los armazones de madera, es decir, las silletas vacías. De la elaboración de estas, una semana antes del inicio de la Feria, dos antes del Desfile, apenas está lista la silleta y comienza la planeación del diseño, la definición de las flores que se usarán, del mensaje si es una silleta emblemática...

 Un grupo de personas, parientes entre sí las más de ellas, ya han armado en madera el esqueleto del automóvil, lo han forrado en cartón y ya le están pegando la vira vira, una florecita menuda.
Con la locuacidad y la amabilidad propia de los antioqueños típicos, que le ponen conversación hasta a los desconocidos, cuenta, como si hubiera sido testigo -y de alguna manera lo fue, porque lo que hablan sus labios es producto de la tradición oral-, que sus padres y demás habitantes del corregimiento salían de casa a medianoche cada ocho días, con los productos de sus huertas al hombro, flores y hortalizas, y tomaban camino abajo, llegaban a la ciudad a las dos de la madrugada a la Placita de Flórez.
“Mi papá sí bajaba todas las noches, porque él surtía unos negocios...”.

Hasta que un día de 1957, Efraín Botero -“apunte, pues: Efraín Botero”-, el administrador de la Plaza, les dijo “que se veían muy lindos llegando con sus silletas de flores y hortalizas y debían realizar un pequeño desfile para que la gente los viera”.
Y su papá, David Sánchez, fue uno de quienes le dijeron en buen paisa: “¡Diga no más lo que hay que hacer!”.

Y otro día, a mediados de ese año,  realizaron el primer desfile por la carrera Junín hasta el Parque de Bolívar. Además de su papá, David, Rodrigo recuerda a Ángela Sánchez (hermana de David), Efraín Soto, Cipriano Ramírez, Juan Alberto Hincapié, Ana Judith Flórez y Herminia Grisales. Se suman a los de Pedro Luis Londoño, Berta Ligia Zapata, Óscar Londoño y otros treintaiún pioneros.

Recorremos andando de prisa, como si se nos hiciera tarde para llegar al mediodía, la casa y los alrededores. Saludamos a uno de sus hijos, Rodrigo Alonso, quien está sentado a la mesa del comedor con los ojos puestos en la pantalla de su computador portátil, buscando ideas que alimenten las que ya tiene para los mensajes y diseños de su silleta emblemática. Acaba de llegar del parque central de Santa Elena, de firmar el contrato con el Bureau para el Desfile de este año.

Rodrigo, nuestro guía, cuenta que la imagen del primer desfile se veía en ceniceros, cajas de fósforos y afiches de hoteles de Nueva York y Caracas, adonde lo han llevado por el arte de silletero.

Generaciones

“La vira vira es la base de las silletas y de las decoraciones -comenta Rodrigo, abriendo uno de los bultos y cogiendo en sus manos las flores, como motas de algodón-. Esta flor, mírele bien el color natural, es como beige, hay que conseguirla en enero, en Santa Rosa de Osos y Yarumal. Es rastrojo. Florece solamente en esa época del año. El que se duerma y la deje para después, se friega”.

Volvemos a pasar por el salón donde construyen el Mustang. La salsa suena en un aparato nuevo de color negro. “¡Rumba! ¿Dónde está Rumba?”. Mira la fotografía del auto que debe representar, dice que el negro de las latas, el gris de la lona de la capota y demás colores del vehículo,  los conseguirá con esmaltes en aerosol que aplicarán con compresor. “Rumba se fue a desayunar”, responde alguien.

Vuelve a entrar a la casa. Dice que su papá y su mamá tuvieron veintiséis hijos. Que su derecho de participación en el desfile lo legó a su hijo Juan David y su esposa, a Rodrigo Alonso. Se detiene ante una de las paredes de la sala y muestra, al lado de un silletero casi de estatura humana, hecho de icopor y forrado en la famosa vira vira, los galardones que han conseguido en el certamen por generaciones. Son estrellas metálicas de las que penden cintas verdes. Y numerosas fotografías en las que aparecen también los representantes de varias generaciones en el Desfile. Señala con el índice derecho una en la que aparecen su papá, David, y su mamá, Carmen Emilia, junto a un arreglo floral.

“Esta es mi esposa”, dice Rodrigo y al voltearnos a mirar, encontramos a la mujer ahí de pie, con una bandeja de pocillos de café. “Mucho gusto: María Marleny Sánchez”. Ella atiende una floristería sin local, en la portería de un conjunto residencial envigadeño.

En adelante, esa rápida caminadera por todo el predio, oyendo anécdotas,  aprendiendo que consiguen caspias y éxtasis en Bogotá; observando flores, fotografías, arreglos, armazones de madera en el terraplén; divisando un paisaje de mesetas bajo un sol furioso, y esquivando las hortensias del jardín para no dañarlas, fue con pocillo en mano.

Nos lleva directamente a una enramada ubicada a unos veinte metros de la casa. Es una construcción de unos diez por diez metros, semejante a los graneros que suelen tener los ganaderos, de madera y tejado a dos aguas.

Sus paredes de tablas están cubiertas por telas plásticas. Abre el candado de la gran puerta y aparece ante nuestros ojos una cantidad de flores tan variadas y abundantes, que no hay un espacio libre. Girasoles, gladiolos, orquídeas, pompones, gerberas, cartuchos... No falta un color; todos los aromas están allí. Parece la bodega de un paraíso tardío.

“Esta semana nos robaron quinientos paquetes de vira vira”. El silletero tenía cinco mil atados y una noche de estas apareció roto el plástico y notó el faltante. Cada manojo, si lo fuera a comprar, cuesta dos mil pesos. “Siempre se lograron llevar un milloncito de pesos”.

Rodrigo cuenta que trabajarán casi día y noche para completar el pedido de adornos. Tres días más los ocuparán instalando todo en paredes y pasillos del  centro comercial. Después, sí, se dedicarán a las silletas del Desfile.

En un rincón descansa un gran libro hecho de flores en el que está formado este mensaje: «“No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”. Gabriel García Márquez».

Tomado de elcolombiano.com

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